According to the Italian philosopher Paolo D’Angelo, “Landscape in the aesthetic sense is not the beautiful view, not merely the panorama. Rather it is a distinctive character of places, which therefore belongs to these same places, even if, as is obvious, these places are perceived by the observer: in a word, we come to think of landscape as the aesthetic identity of a place.”[1]

These summits do not offer only vastness, beauty.  The artist is not drawn by a touristic motivation for the perfect
view.  The gaze trained for years upon close-ups and interiors has not abandoned her completely, but here it materializes in details, aspects, zones. In Ladakh then, at an elevation of five or six thousand meters, we see how varied are the snow’s reflections and textures.  For snow does not homogenize these images, and Talmor qualifies the different ways of being snow: the ways it exists, appears, disappears.  A world of surfaces comprises this imaginary, whether the watery layer is concentrated or diluted, when it lets show the looming vegetal substrate.

Even though whiteness imposes itself here (for these color photographs at times take on a black and white aesthetic), there are always areas expressed in tone, in grades.  In these regions of discolored color—pale gray, dissipated ochre, as dimensions of white—one sees hints of a green river, traces of a blue sky.  But what prevails is a certain tarnishing, a snow that is never purely snowlike because it seems contaminated, not only by other materials but also by being spacelike, in an environment where the greatest rain and extreme drought interchange qualities.  These are images of the arid but simultaneously of the wet majesty of the shrouded range.

Testimonies of an imposing immensity, of huge expanses that unfurl, these landscapes nonetheless are contained by the frame.  Some of the photographs suggest a closed universe, which at the same time projects itself.  Immensities concluded by the meeting of rivers and ridges—of the liquid and the earthly, of that which flows and that which sediments—contain a trace of light in their depths, through which the artist recognizes that this hugeness is inconclusive, unfinished, while she goes about building the structure of her open work.

Beyond the barrier of mountains, she knows, is Pakistan.  And the unseeable evokes a broader content: again, here, partition.  “Land of high passes,”  “Little Tibet,” the locals call these ranges of Ladakh.  Behind facades of peace, the mountains hold histories of conflict: closures at the Chinese border, long ownership disputes.  Describing the wretchedness of the separation between India and Pakistan in his novel Partitions, Amit Majmudar writes: “How little we will learn, now that all we share is a border.”[2]  Ladakh’s beauty, so clearly seen in these photographs, does not weaken these other, less luminous aspects.  The mountain, inevitably for Talmor, is weighed down by this conscience, by the shadow of embattled frontiers.  The whiteness of these high passes does not make them an angelic territory.

In some of the images, the sky is foregrounded, so that the work’s power stems from the sky's presence (3147, 3241).  Yet in other cases, it is the sky’s total absence that allows us to concentrate on the vitality of the earthen mass (3149, 3242).  “I am drawn to green landscapes, to water, but in fact I identify with the arid.  That is how I always imagined biblical landscapes.  Here in India, there is snow, but still, it is a desert landscape.”  A few of the photographs stand out for their (albeit very pale) green, which contrasts with the dawning immensities, the minerality, of the others.  These are ordered landscapes, sown into our human dimension, to the site of labor, future, harvest; or perhaps to an intermediate territory of bushes that binds the wild and the poetic—light landmarks between the eye and a distant mountain range, no longer the protagonist but rather now the background, the end, of the image (2970, 2971, 2972, 2984).

Maria Elena Ramos
Taken from the presentation text for the exhibition:
MAKOM
Caracas, Venezuela, 2012
 

[1] Paolo D’Angelo. Proposte per un’estetica del paesaggio. Revista Estética. N° 006, julio 2004. Universidad de Los Andes. Mérida, Venezuela.  Translator’s note: my translation from the original.

[1] Majmudar, Amit.  Partitions.  Metropolitan Books 2011.

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Dice el filósofo italiano Paolo D’Angelo: “El paisaje en sentido estético no es la bella vista (la veduta), no es solo el panorama, sino un carácter distintivo de los lugares, que por tanto pertenece al lugar mismo aunque, como es obvio, en tanto los lugares son percibidos por un observador: en una palabra, llegamos a pensar en el paisaje como identidad estética de los lugares”.  [1] 

Estas cumbres no solo dan vastedades. No solo ofrecen belleza. No es la motivación turística de la gran vista lo que atrae a la creadora. Su mirada de cercanías e interioridades no la abandona del todo, aunque aquí se concreta en detalles, aspectos, zonas. A cinco o seis mil metros de altura, en Ladakh, vemos entonces que son variados los reflejos y consistencias de la nieve. Pues no sucede aquí que esa capa nívea homogeneice las imágenes, y es que ella matiza los distintos modos de ser nieve: de cómo existe, aparece o desaparece. Un mundo de superficies diversifica este imaginario cuando la capa acuosa se concentra o se diluye, cuando deja ver el sustrato de alguna vegetación que asoma. Aunque lo blanco se impone aquí (y, tanto, que aun siendo fotografías a color tienen por momentos algo de la estética del blanco y negro) siempre quedan ciertas áreas expresadas en tonos y grados. Hay en estas regiones de color decolorado hacia las distintas dimensiones del blanco -del gris claro o el ocre desvanecido-, leves signos del río verdoso o algún asomo de azul de cielo. Pero lo que prevalece es un cierto asordinamiento en una nieve que nunca es del todo nívea porque aparece contaminada, no solo de otras materias sino del modo mismo de ser espacio en un ambiente donde la máxima humedad y la sequía extrema intercambian cualidades: son imágenes de la aridez, pero simultáneamente de la majestuosidad húmeda de la sierra encubierta.

Testimonios de una inmensidad que se impone, de grandes extensiones que se despliegan, también estos paisajes habitan en la contención del encuadre. Hay fotografías que sugieren un universo cerrado pero, a la vez, uno que se proyecta. Inmensidades conclusas en el encuentro de ríos y serranías –de lo líquido y lo térreo, de lo que fluye y lo que sedimenta-, a la vez dejan una luz breve en el fondo, con lo que reconoce la artista que la inmensidad es inconclusa, mientras va armando la estructura de su obra abierta.

Más allá de la barrera montañosa de algunas de sus fotografías ella sabe que se encuentra Pakistán. Y lo no visto convoca entonces un contenido más amplio: de nuevo, la partición entre territorios. “Tierra de los pasos elevados”, o “pequeño Tibet”, llaman los lugareños a las sierras de Ladakh, pero ellas ofrecen, tras su fachada de paz, historias de cierre de fronteras con China, o largas disputas por la pertenencia. El escritor Amit Majmudar retrata en su novela Partitions la desdicha de las separaciones entre India y Pakistán. Dice: "Cuán poco aprenderemos, ahora que lo único que compartimos es una frontera". [2] La belleza natural de Ladakh que muestran estas fotografías no quita fuerza a estos otros aspectos, menos luminosos. La montaña está cargada también, e inevitablemente para Talmor, de una conciencia sobre el drama de las fronteras, una conciencia de sombra. La blancura de esta escena de los pasos elevados no la convierte en un territorio angélico.

En ciertas fotografías toma relieve el cielo, tanto que a veces buena parte de la fuerza de la obra viene dada por su presencia (3147, 3241). Pero en otras ocasiones es su total ausencia lo que permite concentrar la vitalidad en la mole térrea (3149, 3242). “Me llaman los paisajes con verde, con agua, pero en realidad me identifico con lo más seco, así era mi imaginación de los paisajes bíblicos. Aquí en India está la nieve, pero aun así es un paisaje desértico”. Hay unas pocas fotografías que destacan en esta muestra por su color verde (aunque muy pálido) que contrasta entre inmensidades albas o apariencias minerales. Son naturalezas ordenadas, traídas a la dimensión más humana de la siembra, al sitio de labranza, futuro y cosecha, o a un territorio intermedio –que estrecha lo silvestre con lo poético- de arbustos como hitos leves entre el ojo y una cordillera lejana que ahora ya no es forma protagonista sino fondo y final de la obra (fotografías 2970, 2971, 2972, 2984).

Maria Elena Ramos
Extraído del texto de presentación para la muestra
MAKOM
Caracas, Venezuela, 2012
 

[1] Paolo D’Angelo. Proposte per un’estetica del paesaggio. Revista Estética. N° 006, julio 2004. Universidad de Los Andes. Mérida, Venezuela.

[1] “How little we will learn, now that all we share is a border”


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